martes

NOSTALGIAS

La demolición de la fábrica de Kodak en Rochester...

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sábado

DE IMÁGENES, PALABRAS Y ASPIRACIONES INCUMPLIDAS EN EL ETERNO BARTHES

¿Es posible evitar la tentación de releer infinitamente la vida de un genio? ¿O de imaginar las novelas que no escribió?

Ver artículo  >>>   Apuntes de la novela que Barthes no escribió, por Beatriz Sarlo


martes

Carta de Stephen Shore a un joven artista


Querido joven artista,

Sí, creo que puedes hacer ambas cosas, participar en el mundo del arte y mantener tu integridad. Pero tu éxito haciéndolo depende de la relación que tengas con tu obra.

He dado clases en el Bard College durante más de veinte años. También he tenido la oportunidad de conocer a muchos estudiantes graduados en diferentes universidades a lo largo de los años. Cada vez me encuentro a más estudiantes a los que les mueve el deseo de tener una exposición en Chelsea y ser artistas de éxito. Desde luego, no todos los estudiantes, pero sí he notado un cambio claro.

Es comprensible, por supuesto. Pero, para mí, tiene poco que ver con el porqué hago arte. Creo que el arte está hecho para explorar el mundo y la cultura, para explorar el medio que has elegido, para explorar dentro de uno mismo.  Está hecho para comunicar, a través del lenguaje de la técnica, una percepción, una observación, un punto de vista, un estado emocional o mental. Está hecho para contestar, o intentar contestar, preguntas. Está hecho para divertirnos. En resumen, está hecho para responder demandas y necesidades personales.
Un estudiante puede ver una obra y decirse a sí mismo: ‘Esto es una gran obra de arte. Yo también quiero hacer una gran obra de arte’. Y así, el estudiante empieza a intentarlo. Y si tiene un poco de talento, puede producir algo que se parezca a una obra de arte casi convincente. Si alguien no supiera nada más, podría confundirlo con una obra de arte. El único problema es que la gran obra de arte que el estudiante admiraba no había sido concebida con los mismos motivos. Fue la consecuencia de la búsqueda personal del artista.

Tener ambición no es un problema. De hecho, la ambición es necesaria para ser capaz de sacar el tiempo necesario de las actividades de tu vida diaria para producir tu trabajo. La cuestión es cómo orientar esa ambición. Si sigues tu camino personal, exponer y vender tu obra no te hará ningún daño. De hecho, quizá te podrías ganar la vida con ello, incluso vivir muy bien. No tiene nada de malo. El problema viene cuando el mercado empieza a influir en tus motivos y decisiones. Si tu trabajo necesita evolucionar y cambiar, puede significar que abandones lo que un día te trajo reconocimiento.
Por supuesto, quieres establecer tu propia voz como artista y, como dices, ‘desarrollar un sentido de identidad’. Pero si te esperas a saber que por fin lo has encontrado, quizás nunca llegues a exponer. Encontrar tu propia voz puede ser un proceso, pero no un objetivo. Tengo estudiantes que empiezan a estudiar fotografía en la universidad y me dicen que quieren ‘expresarse a sí mismos’ y pienso: ‘tienes solo dieciocho años, ¿cómo puedes expresarte a ti mismo cuando ni si siquiera te conoces?’ Pero eso no debe desanimarlos. En el aprendizaje y la práctica del arte, pueden embarcarse en el sendero del conocimiento de sí mismos.
Tengo una sola cosa más que añadir. Al hacerlo, puede que te esté malinterpretando y menospreciando pero tengo la sensación, por el tono de tu carta, de que estás usando tu dilema moral como excusa para no implicarte en tu trabajo, así como tu vulnerabilidad para evitar mis críticas. Corta el rollo.

Buena suerte y mis mejores deseos,

Stephen Shore
Tivoli, Nueva York
 Tomado de: Siéntate y observa...



domingo

DOISNEAU Y «LAS BABAS DEL DIABLO»


Hay algunas historias las cuales, por más que sean conocidas, vale la pena recordar. La foto El beso del Hôtel de Ville, de Robert Doisneau, goza de la reputación de ser una de las más reproducidas y vendidas en la historia del medio. Tiene todo lo que a una fotografía directa se le puede pedir: vitalidad, foco selectivo perfectamente situado, movimiento, traslapos precisos en su imprecisión, interminables juegos entre planos situados a diversos niveles y un gran candor que, además, remite a todo un campo semántico, arrastrando con ello innumerables tópicos... Paris, l'amour...


Pero, ¿se trata en realidad de una foto cándida? Hoy bien sabemos que no, que la foto fue actuada. Cada vez que le presento la historia a mis alumnos, invariablemente, hay una exclamación de decepción ante el engaño, y lo que sigue es la explicación de la diferencia entre los conceptos de historicidad, veracidad y credibilidad en la fotografía. También sabemos que, años después de tomada, se desató un proceso legal por los derechos de imagen de la pareja de la foto, sabemos que la demanda la entablaron unos vivillos que no eran los modelos reales, que Doisneau tuvo que reconocer su ardid y que la modelo original dio un giro a su vida subastando su copia en 2005 y obteniendo por ella una suma exorbitante. Si no conoces la historia, échale un ojo a estas notas:

No fue, por cierto, la única vez que Doisneau visitó los tribunales a causa de una de sus imágenes. En el clásico La fotografía como documento social (1974), de Gisèle Freund, se consigna la anécdota de otra foto aparentemente inocua que le trajo algunos problemas al hombre que vemos aquí...


En este caso, el simple acto de levantar la cámara y accionar el obturador provocó una pequeña tormenta. El hombre y la chica no se conocían entre sí, coincidieron en esa barra para hacer lo que tantos parisinos hacían y hacen habitualmente: tomar una copa. Tal vez ella esperaba a su novio... Tal vez él buscaba reposo despúes de una jornada dura en su trabajo como profesor... Un desconocido con una cámara les pidió permiso para fotografiarlos, a lo que accedieron. Posteriormente la imagen apareció ilustrando un artículo acerca del alcoholismo y, después, otro sobre la prostitución. ¿Hay algo —además de la evidente presencia de las copas— que nos haga verlos como alcohólicos? ¿Tiene ella el aspecto de una prostituta? Ella voltea tímidamente hacia abajo y juega con la copa, pero su nerviosismo ¿se debe a la presencia del hombre a su lado, o a la de la cámara? El caso fue a los tribunales.


Parece que Doisneau tenía la capacidad de provocar revuelo cada vez que, a plena vista o agazapado, entraba en acción. No se conoce la historia de la pareja que escoge un cuadro para decorar la sala de la casa. ¿Cuál habrá sido su reacción al ver la foto publicada? ¿De indignación? ¿De risa? ¿De condescendencia? Y, además: ¿verdaderamente se trata de una pareja que escoge un cuadro? La historia está en nuestra mente, no en la imagen, que es solo un detonador.
Sea como fuere, el solo hecho de levantar la cámara, enfocarla sobre alguien y accionarla puede tener consecuencias insospechadas, «trastocar la realidad», alterar el devenir de los hechos, modificar los destinos... Inevitablemente viene a la memoria el relato Las babas del diablo, de Cortázar, precisamente centrado en esa acción por parte de una fotógrafo aficionado que "es culpable de literatura, de fabricaciones irreales", quien, tras el vendaval que su acción provoca por haber roto (él todavía no lo sabe) un triángulo de perversión, ya en la soledad de su casa, comprende la realidad a posteriori, en la contemplación de la imagen:
«De pronto el orden se invertía, ellos estaban vivos, moviéndose, decidían y eran decididos, iban a su futuro; y yo, desde este lado, prisionero de otro tiempo, de una habitación en un quinto piso, de no saber quiénes eran esa mujer, y ese hombre, y ese niño, de ser nada más que la lente de mi cámara, algo rígido, incapaz de intervención.»
¿Cuántas veces no habrá tenido el propio Doisneau, ante las invisibles y finas telarañas que colgaban de sus imágenes, esa sensación? ¿Cuántas veces no habrá pensado las palabras que Cortázar escribió y de las que aquí reseñamos unos cuantos primeros planos?:
«Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotografías, actividad que debería enseñarse tempranamente a los niños pues exige disciplina, educación estética, buen ojo y dedos seguros.»
«... el fotógrafo opera siempre como una permutación de su manera personal de ver el mundo por otra que la cámara le impone insidiosa...»
«Creo que sé mirar, si es que algo sé, y que todo mirar rezuma falsedad, porque es lo que nos arroja más afuera de nosotros mismos, sin la menor garantía...»
«Curioso que la escena (la nada, casi: dos que están ahí, desigualmente jóvenes) tuviera como un aura inquietante. Pensé que eso lo ponía yo, y que mi foto, si la sacaba, restituiría las cosas a su tonta verdad.»
 

sábado

¡LARGA VIDA A LA SEMIÓTICA!


Hoy en día la palabra semiótica, que en alguna época le llenaba la boca a los teóricos de la comunicación, la literatura y el arte, causa incluso cierta extrañeza cuando sale a colación: «¿Qué no es un enfoque que estuvo de moda en los años setenta y ochenta?»
En aquella época también resultaba extraña, pero por otros motivos. A un colega le ocurrió que en una cena le preguntaron a qué se dedicaba y, cuando dijo que era profesor, inevitablemente siguió:
— ¿Y de qué da usted clases?
— De semiótica.
(Silencio prolongado y embarazoso.)
— ¿Qué es eso? —se animó a preguntar un valiente.
— Es una disciplina que se dedica al estudio de los signos —respondió mi colega, para irse por la vía corta. 
— ¡Los signos! —dijo una de las presentes bastante animada—. ¡Ese tema siempre me ha parecido fascinante! Fíjese usted que mi marido es Virgo y yo soy Capricornio...
Aquello derivó en pura astrología de sobremesa, menos mal...

En efecto, la semiótica espantaba por el hermetismo —y acaso deberíamos agregar: la pedantería— de su lenguaje lleno de neologismos y de desarrollos léxicos individuales que le daban a los textos de algunos autores un sesgo cercano al solipsismo. Del intento de algunos por meter orden resultaron estudios metarreferenciales, finalmente no menos herméticos a pesar de su vocación explicativa, destacando entre ellos el clásico: Semiótica. Diccionario razonado de la teoría del lenguaje, de Greimas y Courtés (Madrid: Gredos, Vol. 1, 1979, Vol. 2, 1986). 
Hace poco encontré una estadística reveladora, que da cuenta del desarrollo de la cuestión. La tomo de la introducción del libro Photography Theory, editado por James Elkins (Nueva York: Routledge, 2007).

 
Lo que Elkins ha hecho es utilizar como referencia la Bibliography of the History of Art, el reconocido recurso para la investigación desarrollado conjuntamente por el Getty Research Institute (EUA) y el Institut de l'Information Scientifique et Technique (Francia), y medir la frecuencia de las palabras clave que se utilizan para la clasificación de artículos indexados.
Hasta el año 2000, la etiqueta «semiótica» aparece en un notable tercer puesto, después de «feminismo» y de «psicoanálisis». Asimismo, su presencia es abrumadoramente mayor a la de las etiquetas «deconstrucción» y «estudios visuales». Sin embargo, ya en la década de 1990 a 2000 su tendencia de aumento presenta un ligero freno respecto de las tres décadas anteriores, en las que había manifestado una continuidad de ascenso. Es previsible que en la década que acaba de terminar esa ralentización haya continuado, en contraste al aumento de los contenidos etiquetados bajo las palabras clave referentes a otros enfoques en boga ya que, nos guste o no, la crítica y la academia están sujetas a tendencias, a modas y a la apremiante necesidad por parte de los investigadores de anotarse puntos curriculares, así como de las editoriales por mantener las máquinas de impresión en funcionamiento.

Si aceptamos, con base en estos números, que la semiótica mantiene una cierta vitalidad, ¿qué explica, entonces, su aparente decaimiento*? Mi punto de vista particular, como observador de la disciplina desde los años ochenta, es que hay dos factores que inciden notablemente en el actual estado de la cuestión:

Primero: En los textos semióticos se ha optado por un lenguaje más accesible a un público vasto. ¿Semiótica light? Finalmente se ha entendido que los cotos de poder académicos no benefician a nadie y se ha aceptado la necesidad de contribuir a una divulgación del conocimiento que hoy se encuentra en plena expansión.

Y segundo: La terminología semiótica se ha incorporado, en ocasiones sutilmente, a otras disciplinas y enfoques que la han empezado a utilizar como una herramienta intermedia, la cual les ayuda a resolver asuntos parciales dentro de sus estudios. En este sentido, son innegables los préstamos, hibridaciones y maridajes entre la línea semiótica y las de los estudios culturales, de la teoría de la recepción y la deconstructiva, entre otras.

Como consecuencia, aunque hoy por hoy la semiótica ya no es una bandera que se exhiba con ostentación, el potencial de su aportación subyace en los estudios pertenecientes a multiplicidad de líneas teóricas empeñadas en desentrañar las características de los universos de sentido, esos que, a su vez, nos dan sentido.

* Esta idea de una posible «falta de actualidad» ha sido planteada en: 
Paolo Fabbri, El giro semiótico. Barcelona: Gedisa, 2000.