domingo

DOISNEAU Y «LAS BABAS DEL DIABLO»


Hay algunas historias las cuales, por más que sean conocidas, vale la pena recordar. La foto El beso del Hôtel de Ville, de Robert Doisneau, goza de la reputación de ser una de las más reproducidas y vendidas en la historia del medio. Tiene todo lo que a una fotografía directa se le puede pedir: vitalidad, foco selectivo perfectamente situado, movimiento, traslapos precisos en su imprecisión, interminables juegos entre planos situados a diversos niveles y un gran candor que, además, remite a todo un campo semántico, arrastrando con ello innumerables tópicos... Paris, l'amour...


Pero, ¿se trata en realidad de una foto cándida? Hoy bien sabemos que no, que la foto fue actuada. Cada vez que le presento la historia a mis alumnos, invariablemente, hay una exclamación de decepción ante el engaño, y lo que sigue es la explicación de la diferencia entre los conceptos de historicidad, veracidad y credibilidad en la fotografía. También sabemos que, años después de tomada, se desató un proceso legal por los derechos de imagen de la pareja de la foto, sabemos que la demanda la entablaron unos vivillos que no eran los modelos reales, que Doisneau tuvo que reconocer su ardid y que la modelo original dio un giro a su vida subastando su copia en 2005 y obteniendo por ella una suma exorbitante. Si no conoces la historia, échale un ojo a estas notas:

No fue, por cierto, la única vez que Doisneau visitó los tribunales a causa de una de sus imágenes. En el clásico La fotografía como documento social (1974), de Gisèle Freund, se consigna la anécdota de otra foto aparentemente inocua que le trajo algunos problemas al hombre que vemos aquí...


En este caso, el simple acto de levantar la cámara y accionar el obturador provocó una pequeña tormenta. El hombre y la chica no se conocían entre sí, coincidieron en esa barra para hacer lo que tantos parisinos hacían y hacen habitualmente: tomar una copa. Tal vez ella esperaba a su novio... Tal vez él buscaba reposo despúes de una jornada dura en su trabajo como profesor... Un desconocido con una cámara les pidió permiso para fotografiarlos, a lo que accedieron. Posteriormente la imagen apareció ilustrando un artículo acerca del alcoholismo y, después, otro sobre la prostitución. ¿Hay algo —además de la evidente presencia de las copas— que nos haga verlos como alcohólicos? ¿Tiene ella el aspecto de una prostituta? Ella voltea tímidamente hacia abajo y juega con la copa, pero su nerviosismo ¿se debe a la presencia del hombre a su lado, o a la de la cámara? El caso fue a los tribunales.


Parece que Doisneau tenía la capacidad de provocar revuelo cada vez que, a plena vista o agazapado, entraba en acción. No se conoce la historia de la pareja que escoge un cuadro para decorar la sala de la casa. ¿Cuál habrá sido su reacción al ver la foto publicada? ¿De indignación? ¿De risa? ¿De condescendencia? Y, además: ¿verdaderamente se trata de una pareja que escoge un cuadro? La historia está en nuestra mente, no en la imagen, que es solo un detonador.
Sea como fuere, el solo hecho de levantar la cámara, enfocarla sobre alguien y accionarla puede tener consecuencias insospechadas, «trastocar la realidad», alterar el devenir de los hechos, modificar los destinos... Inevitablemente viene a la memoria el relato Las babas del diablo, de Cortázar, precisamente centrado en esa acción por parte de una fotógrafo aficionado que "es culpable de literatura, de fabricaciones irreales", quien, tras el vendaval que su acción provoca por haber roto (él todavía no lo sabe) un triángulo de perversión, ya en la soledad de su casa, comprende la realidad a posteriori, en la contemplación de la imagen:
«De pronto el orden se invertía, ellos estaban vivos, moviéndose, decidían y eran decididos, iban a su futuro; y yo, desde este lado, prisionero de otro tiempo, de una habitación en un quinto piso, de no saber quiénes eran esa mujer, y ese hombre, y ese niño, de ser nada más que la lente de mi cámara, algo rígido, incapaz de intervención.»
¿Cuántas veces no habrá tenido el propio Doisneau, ante las invisibles y finas telarañas que colgaban de sus imágenes, esa sensación? ¿Cuántas veces no habrá pensado las palabras que Cortázar escribió y de las que aquí reseñamos unos cuantos primeros planos?:
«Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotografías, actividad que debería enseñarse tempranamente a los niños pues exige disciplina, educación estética, buen ojo y dedos seguros.»
«... el fotógrafo opera siempre como una permutación de su manera personal de ver el mundo por otra que la cámara le impone insidiosa...»
«Creo que sé mirar, si es que algo sé, y que todo mirar rezuma falsedad, porque es lo que nos arroja más afuera de nosotros mismos, sin la menor garantía...»
«Curioso que la escena (la nada, casi: dos que están ahí, desigualmente jóvenes) tuviera como un aura inquietante. Pensé que eso lo ponía yo, y que mi foto, si la sacaba, restituiría las cosas a su tonta verdad.»
 

sábado

¡LARGA VIDA A LA SEMIÓTICA!


Hoy en día la palabra semiótica, que en alguna época le llenaba la boca a los teóricos de la comunicación, la literatura y el arte, causa incluso cierta extrañeza cuando sale a colación: «¿Qué no es un enfoque que estuvo de moda en los años setenta y ochenta?»
En aquella época también resultaba extraña, pero por otros motivos. A un colega le ocurrió que en una cena le preguntaron a qué se dedicaba y, cuando dijo que era profesor, inevitablemente siguió:
— ¿Y de qué da usted clases?
— De semiótica.
(Silencio prolongado y embarazoso.)
— ¿Qué es eso? —se animó a preguntar un valiente.
— Es una disciplina que se dedica al estudio de los signos —respondió mi colega, para irse por la vía corta. 
— ¡Los signos! —dijo una de las presentes bastante animada—. ¡Ese tema siempre me ha parecido fascinante! Fíjese usted que mi marido es Virgo y yo soy Capricornio...
Aquello derivó en pura astrología de sobremesa, menos mal...

En efecto, la semiótica espantaba por el hermetismo —y acaso deberíamos agregar: la pedantería— de su lenguaje lleno de neologismos y de desarrollos léxicos individuales que le daban a los textos de algunos autores un sesgo cercano al solipsismo. Del intento de algunos por meter orden resultaron estudios metarreferenciales, finalmente no menos herméticos a pesar de su vocación explicativa, destacando entre ellos el clásico: Semiótica. Diccionario razonado de la teoría del lenguaje, de Greimas y Courtés (Madrid: Gredos, Vol. 1, 1979, Vol. 2, 1986). 
Hace poco encontré una estadística reveladora, que da cuenta del desarrollo de la cuestión. La tomo de la introducción del libro Photography Theory, editado por James Elkins (Nueva York: Routledge, 2007).

 
Lo que Elkins ha hecho es utilizar como referencia la Bibliography of the History of Art, el reconocido recurso para la investigación desarrollado conjuntamente por el Getty Research Institute (EUA) y el Institut de l'Information Scientifique et Technique (Francia), y medir la frecuencia de las palabras clave que se utilizan para la clasificación de artículos indexados.
Hasta el año 2000, la etiqueta «semiótica» aparece en un notable tercer puesto, después de «feminismo» y de «psicoanálisis». Asimismo, su presencia es abrumadoramente mayor a la de las etiquetas «deconstrucción» y «estudios visuales». Sin embargo, ya en la década de 1990 a 2000 su tendencia de aumento presenta un ligero freno respecto de las tres décadas anteriores, en las que había manifestado una continuidad de ascenso. Es previsible que en la década que acaba de terminar esa ralentización haya continuado, en contraste al aumento de los contenidos etiquetados bajo las palabras clave referentes a otros enfoques en boga ya que, nos guste o no, la crítica y la academia están sujetas a tendencias, a modas y a la apremiante necesidad por parte de los investigadores de anotarse puntos curriculares, así como de las editoriales por mantener las máquinas de impresión en funcionamiento.

Si aceptamos, con base en estos números, que la semiótica mantiene una cierta vitalidad, ¿qué explica, entonces, su aparente decaimiento*? Mi punto de vista particular, como observador de la disciplina desde los años ochenta, es que hay dos factores que inciden notablemente en el actual estado de la cuestión:

Primero: En los textos semióticos se ha optado por un lenguaje más accesible a un público vasto. ¿Semiótica light? Finalmente se ha entendido que los cotos de poder académicos no benefician a nadie y se ha aceptado la necesidad de contribuir a una divulgación del conocimiento que hoy se encuentra en plena expansión.

Y segundo: La terminología semiótica se ha incorporado, en ocasiones sutilmente, a otras disciplinas y enfoques que la han empezado a utilizar como una herramienta intermedia, la cual les ayuda a resolver asuntos parciales dentro de sus estudios. En este sentido, son innegables los préstamos, hibridaciones y maridajes entre la línea semiótica y las de los estudios culturales, de la teoría de la recepción y la deconstructiva, entre otras.

Como consecuencia, aunque hoy por hoy la semiótica ya no es una bandera que se exhiba con ostentación, el potencial de su aportación subyace en los estudios pertenecientes a multiplicidad de líneas teóricas empeñadas en desentrañar las características de los universos de sentido, esos que, a su vez, nos dan sentido.

* Esta idea de una posible «falta de actualidad» ha sido planteada en: 
Paolo Fabbri, El giro semiótico. Barcelona: Gedisa, 2000.

jueves

Si tú me SMILE... yo te SHOOT...

 
Lo sé, lo sé: esto tiene ya tres años en el mercado, pero es que todavía no me puedo acostumbrar. ¿Smile shot? ¡Casi un delicioso oxímoron involuntario! Si sonríes, te disparo... Si acaso no conoces este macabro invento y por lo tanto no sabes de qué estoy hablando, ahí te va. Y otra vez, lo sé, lo sé... está en japonés. Pero es que las sonrisas son universales, ¿o no?



¡Aaahhh! El Smile Measurement Software fue presentado en 2007 por la compañía japonesa Omron, e inmediatamente adoptado por los fabricantes de cámaras fotográficas, con Sony y Olympus a la cabeza. El boletín de prensa de Omron no tiene desperdicio. En él nos enteramos de que en la feria empresarial donde se presentaría el software, los asistentes podrían «sonreír y ganar» en un peculiar duelo (sin bofetada previa, para no afectar la sonrisa):

«Los competidores del torneo se enfrentarán a la cámara en una batalla de 30 segundos para vencer la sonrisa de su oponente. Los ganadores serán determinados por el software recién desarrollado por Omron, que calificará cada sonrisa en tiempo real en una escala del 0% al 100%.» 

En efecto, una de las gracias de la «tecnología de medición de sonrisas» —¡que funciona aun cuando el rostro está desviado hasta 30 grados del eje de la cámara!— es que es capaz de calificarlas atribuyéndoles un valor porcentual, lo que puede ser extremadamente útil bajo determinadas circunstancias, como bien explica un ejecutivo de la compañía:

«Este software es mucho más que diversión y juegos. 'La tecnología tiene un gran potencial para una variedad de aplicaciones, desde productos electrónicos de consumo hasta cuidado de la salud', dijo Masato Kawade, gerente senior del Laboratorio de Detección y Control de Omron. 'Imagínese una cámara que le asegure que no se perderá ese momento en que todo mundo tiene su mejor sonrisa. ¿O qué tal un chequeador-de-sonrisas para empleados que trabajan en el sector de servicios? El software podría utilizarse con la misma eficacia por los profesionales de la salud mental, como un medio de seguimiento de la condición de los pacientes, y en la investigación de mercados para evaluar las respuestas de los consumidores a los nuevos productos'.» 
 
¡Aja! ¡Nuestro software de medición de intenciones en operación! Así que no todo en esta industria son sonrisas. También están los consabidos asuntos de la sociedad de vigilancia, de la explotación de los trabajadores, de la medicación forzada y de la mercadotecnia rabiosa... No hay duda de que Omron conoce este infinito potencial:

«La medición de sonrisas es la más reciente función de la suite de software de reconocimiento facial Omron Okao Vision. Con más de diez años de investigación incorporada, Okao Vision utiliza una técnica patentada de modelos 3D para detectar y analizar los rostros en forma rápida y precisa, incluso en imágenes borrosas o parcialmente oscurecidas, o cuando el sujeto no mira directamente a la cámara. Es capaz de verificar la identidad, edad aproximada y sexo, y estimar los movimientos de las pupilas y los párpados de forma instantánea, ya sea que la imagen facial esté en movimiento o estática. Suficientemente compacto como para ser integrado en un chip para dispositivos móviles, el software ofrece una amplia gama de aplicaciones incluyendo la prevención de robo de identidad, administración de ingreso a edificios, sistemas de vigilancia del conductor en los coches y control de acceso a contenidos para edades restringidas.» 

Con mi natural suspicacia y picado por lo que en otro momento Kawade —a quien ya estaba dispuesto a declarar mi gurú— llama las «tecnologías de detección de emociones», decidí hacer una prueba técnica de este software y reseñar los resultados al más puro estilo de los estrictos reportes de desempeño de equipo fotográfico. Así que me conseguí prestada una cámara con smile shutter para aplicarla a algunas sonrisas emblemáticas... He aquí los resultados:
Ante la que es acaso la más famosa sonrisa de la historia, la de la Mona Lisa, el Smile Measurement Software mostró una apabullante indiferencia, calificándola con un rotundo e inexplicable 0%. En efecto, si no se enseña diente, nada de nada. Me tomé la libertad de hacerle cosquillas a la dama, e inmediatamente el porcentaje mostró datos positivos.
La falta de sutileza en la detección de emociones me decepcionó, pero no cejé en mi esfuerzo. Busqué entonces otro recurso para comprobar si el aparato podía ser engañado. Lo enfrenté a la grotesca mueca del Guasón, que como bien sabemos, aunque parece una sonrisa, es una deformación facial carente de emociones. Para mi decepción, ¡el equipo evaluado le atribuyó un absurdo 69%!
Las manifiestas contradicciones en los resultados me llevaron, por supuesto, a temer que el software fuera incapaz de distinguir entre una auténtica y emocionada sonrisa, y una descafeinada cara de chis o whisky. Como prueba final, decidí entonces enfrentar el aparato a una sonrisa químicamente pura, la sonrisa suprema, la sonrisa esencial: ¡cuál otra, sino la del Gato de Cheshire! :)
¡(M)Alicia en el País de las Maravillas! El Smile Measurement Software definitivamente no funciona: su veredicto ante esta mega-ultra-súper-sonrisa fue... ¡ninguno! Vamos, que según esta cosa no puede haber sonrisa sin rostro, lo que nos devuelve al problema lógico que el canijo de Carroll plantea por aquello de que sí puede haber un gato sin sonrisa, ¿pero puede acaso existir una sonrisa sin gato? Según Omron: no.
¿Cuál será el futuro de las «tecnologías de detección de emociones»? Bien puedo imaginar a las chicas japonesas comprando enamorómetros* con tecnología Okao Vision para comprobar si las sonrisas de sus pretendejos son sinceras o lascivas. O a los directores de empresas utilizando espontaneómetros* para decidir si Kawade se merece o no el nombramiento de empleado del mes. O a los psiquiatras utilizando esquizonómetros* para medir la evolución de sus pacientes.
Por mi parte, me solidarizo con Buster Keaton, quien, siendo capaz de producir inmensas sonrisas, sería un verdadero enigma para el Smile Measurement Software y seguramente habría sido acusado de boicoteo por los ejecutivos de Omron y puesto entre rejas.
Un comentario fotográfico final. Desde hace rato, al redactar estas líneas, me ronda la cabeza una imagen de la serie Coney Island de Weegee —quien, de haberlo conocido, indudablemente se habría llevado muy bien con Carroll—.
¿Por qué sonríe la chica en el centro de la foto? ¿Será el acto reflejo cámara-chis? ¿Y por qué Weegee disparó en ese instante? ¿Será que tenía integrado un chip con el Smile Measurement Software? Si tú me smile... yo te shoot...

* El enamorómetro, espontaneómetro y el esquizonómetro son marcas registradas por FOTOgrafitura. (No vaya a ser.)
** Espero haberte sacado al menos una sonrisa... ¡de más del 50%!

HETERONOMÍAS


Hace mucho que la fotografía dejó de ser un campo autónomo. A su creciente heteronomía no solo ha contribuido un galopante diletantismo cuyo exorbitante crecimiento ha ido de la mano de la miniaturización y abaratamiento de los equipos y la simplificación de su uso, sino también de la facilidad de compartir imágenes a través de Internet. Constantemente sabemos de casos ejemplares de fotografías que se abren paso de manera misteriosa en el camino de lo privado a lo público, así como de personas que hacen usos poco ortodoxos del medio.
Me han llamado la atención dos casos, uno por su obsesión y otro por su excentricidad. Aquí están:
Rob Forbes es un diseñador, que me recuerda, por cierto, que es imposible ir a un restaurante con un diseñador sin que haga algún comentario acerca de la tipografía del menú. En esta plática, no solamente vemos cómo es perseguido por los patrones visuales y las manifestaciones de la forma pura, sino que apreciamos la manera en que este incansable caminante del entorno urbano explora compulsivamente el espacio público tomando apuntes con su cámara.
Idioma: Inglés
Subtítulos: Español
Duración: 15' 34"
http://www.ted.com/talks/lang/eng/rob_forbes_on_ways_of_seeing.html



Muy distinto es el caso de Nathan Myhrvold, polifacético millonario, tan excéntrico como controversial, involucrado en los proyectos más dispares, que también sabe asomarse al mundo a través del visor de la cámara.
Idioma: Inglés
Subtítulos: Español
Duración: 17' 17"
http://www.ted.com/talks/lang/eng/nathan_myhrvold_on_archeology_animal_photography_bbq.html



No hay aquí valoraciones estéticas. Solamente la sorpresa ante usos poco comunes del medio.

CLÁSICO... KRACAUER


Se han dado a lo largo del tiempo diferentes definiciones de lo que es un clásico. Una de ellas, que pincha y duele, es que «un clásico es un libro que todo el mundo tiene en casa, pero no ha leído». Otra, que son esos libros que siempre se citan pero que, no se conocen a fondo. Una definición más podría ser que un clásico es una obra perteneciente a la tradición de determinado campo, pero que, sin embargo, es prácticamente inaccesible debido a condicionantes del medio editorial: o no se ha reeditado en años o no se ha traducido a nuestra lengua. 
Así, un clásico es también un fantasma, un texto de cuya existencia sabemos, pero que está fuera de nuestro alcance. Un buen ejemplo podría ser El museo imaginario (1947), de André Malraux, obra integrada posteriormente en Las voces del silencio (1951), ¡y que no ha sido reeditada en español desde 1956! ¿Será posible? Un clásico también podría ser un libro con un título o concepto tan afortunado que se cree conocerlo de manera intuitiva, sin profundizar en él. Por ejemplo... ¡cuánto se ha abusado de la Obra abierta (1962), de Umberto Eco!
El campo de la teoría fotográfica no es la excepción. Algunos nombres de los repetidos hasta la saciedad, al grado de que cuando surgen en algún foro en ocasiones despiertan más una sonrisa irónica que un reverencial reconocimiento, son los de Baudelaire, Caffin, Peirce, Benjamin, Bazin, Barthes, Bourdieu, Freund o Sontag. Otros, más recientemente, se han acercado a merecer el apelativo de clásicos... ¿Flusser, Dubois...? 
No deseo hacer un recuento, inevitablemente arbitrario y parcial, de aquellos que considero clásicos de la teoría fotográfica. Mi intención es simplemente señalar la puesta en circulación de uno de esos fantasmas, que finalmente ha sido traducido al español. Se trata del breve ensayo La fotografía (1927), de Siegfried Kracauer, autor más conocido en el ámbito de la crítica cinematográfica que en el de la fotográfica. 
El texto, de apenas veinte páginas, salió de la imprenta en diciembre del 2008 y, consecuentemente, lleva solo un año rondando. Tiene resonancias tanto ideológicas como de época con los ensayos de Walter Benjamin, a quien Kracauer conoció. ¿Una muestra? Pues ahí va el botón:
«El aluvión de las colecciones de imágenes es tan poderoso que amenaza con destruir la conciencia, quizá existente, de rasgos decisivos. Las obras de arte padecen este destino por su reproducción. Para el original reproducido múltiples veces rige el dicho: compañero de prisión, compañero de horca; en vez de aparecer, tiende a desaparecer en su multiplicidad y a perdurar como fotografía artística.»
Solamente se echa de menos la palabra aura. Igualmente, el ensayo tiene curiosas resonancias con La cámara lúcida (1981), de Barthes, ya que en el texto de Kracauer también es la foto de una mujer —en este caso la abuela, y no la madre, como en Barthes— la que da pretexto a la reflexión, la cual, además, tiene como protagonista a la memoria. También hay resonancias con Sontag, quien tenía bien estudiados a sus clásicos. Hay, por cierto, una anécdota curiosa: en cierta ocasión Sontag fue acusada de plagiar a Kracauer en la reseña de una cinta (¡de Reifenstahl!). La ensayista tuvo que reconocer públicamente que había sido un plagio involuntario.
Así las cosas: bienvenido, Kracauer.

Kracauer, Siegfried. La fotografía y otros ensayos. El ornamento de la masa I. Barcelona: Gedisa, 2008.